Nunca supe que fuerza inconsciente me llevaba a actuar así. Pero en ese instante de consciencia me di cuenta de que aquello no era bueno para mí. Mi corazón sentía tristeza por todo lo que creía incapaz de resolver.
Algo en mí me decía, una y otra vez, que buscar ese dolor no estaba bien, pero incomprensiblemente yo lo buscaba, lo toleraba. Como si con ello me liberara de algo insoportable. Mis pensamientos pasaban rápido, de uno a otro sin cesar. Nunca entendía bien la vida, nada tenía sentido. Me detengo un segundo a pensar en todo esto y veo lo absurdo que es, porque en realidad ese pensar es un no-pensar: sólo me perseguía obsesivamente la idea, el malestar...
Luego, me decidí por fin: tomé la primera micro.
Ese viernes conocí la tranquilidad y la alegría, sin miedo.
¿Era posible esa felicidad? ¿Por qué nunca la había sentido? A partir de entonces todo cambió.
Yo era diferente porque me sentía diferente. Una oleada de optimismo me invadía y todo lo que pensaba y percibía se integraba a esa visión y a esa sensación de confianza y certidumbre en mi capacidad y en mi poder de hacer las cosas que yo quería hacer. Tenía tanta confianza en mí, tanta esperanza, convicción y certidumbre, que me dispuse a terminar aquello que había aparecido durante muchos meses en mi fantasía como un deseo pendiente, pero a lo que no le había dedicado energía y tiempo en la realidad, porque emocionalmente no podía, no tenía energía, toda se consumía al pensar en mi imposibilidad.
Ese viernes fue un punto sin retorno. Ya no volvería a ser la misma después.
Inició un nuevo viaje hacia mi destino, el deseado, y estoy llegando, con la confianza en la realidad, en el trabajo, en la amistad en la creatividad y en el encuentro gozoso y grato conmigo misma.
Después de todo, sólo tenía que decidirme a estar bien. Ya no hay retorno.
La recompensa del valor 😍✨